ESCUELA NORMAL PARTICULAR
CINCO DE MAYO
TEMA: ENSAYO DE LA CONSTRUCCIÓN DE LA
INFANCIA
INTEGRANTES: ANA KAREN MORANTE PEREZ
JOSE
EDUARDO HERNANDEZ
SARAHI SANCHEZ VAZQUEZ
INTRODUCCION
La
actitud de los adultos frente al niño ha cambiado mucho en el curso de la
Historia y, ciertamente sigue cambiando hoy día ante nuestros ojos. Sin embargo
esos cambios han sido tan lentos e imperceptibles que nuestros contemporáneos
no se han dado cuenta de ellos (en la actualidad, ya que todo se mueve
apresuradamente, se notan mejor). En otros tiempos, esas mutaciones no se
distinguían de los datos constantes de la naturaleza; las etapas de la vida
humana se identificaban, de hecho con las estaciones. No es que el hombre
estuviese completamente inerme en su enfrentamiento con la naturaleza, pero no
estaba en condiciones de influir en ella excepto con intervenciones mínimas,
modestas y anónimas que resultaban eficaces sólo porque se repetían durante
mucho tiempo: el observador sólo podía descubrirlas en el momento en que se
acumulaban tamo que su densidad las hacía evidentes. Con él niño, pues, ha
sucedido lo mismo que con la agricultura: no se puede hablar de revolución de
la infancia, como no se puede hablar de revolución agrícola..., aunque también
se haya intentado hacerlo.
DESARROLLO
Parece
que la historia del niño, como la de la familia, en la antigüedad romana, se
vio complicada durante mucho tiempo por una problemática nociva: el llamado
tránsito de la familia gentilicia a la familia nuclear (los historiadores de la
Edad Media y de la era moderna han señalado el mismo contrasentido). Para verlo
con mayor claridad es preferible esperar los resultados de las investigaciones
de Veyne y de Manson. No obstante, ya se pueden formular algunas observaciones.
Se sabe que el niño romano recién nacido se lo posaba en el suelo. Correspondía
entonces al padre reconocerlo cogiéndolo en brazos; es decir, elevarlo
(elevare) del suelo: elevación física que en sentido figurado, se ha convertido
en criarlo. Si el padre no lo "elevaba" al niño éste era abandonado,
expuesto ante la puerta, al igual que sucedía con los hijos de los esclavos
cuando el amo no sabía qué hacer con ellos.
¿Se
debe, pues, interpretar aquel gesto como una especie de procedimiento de
adopción, según el cual no se aceptaba al niño como un crecimiento cuales
constituía un nada, un nihii destinado a desaparecer, a no ser que se le
reconociere mediante una decisión reflexiva del padre? La vida le era dada dos
veces, la primera cuando salía del vientre de la madre y la segunda cuando el
padre lo "elevaba". Es tentador (relacionar este hecho con la
frecuencia con la que se producían las adopciones en Roma. Según Veyne, en
realidad los lazos sanguíneos contaban mucho menos que los vínculos electivos,
y cuando un romano se sentía movido a la función de padre prefería adoptar el
hijo de otro o criar el hijo de un esclavo, o un niño abandonado, antes que
ocuparse automáticamente del hijo por él procreado.
En
último caso, los niños "elevados" habrían sido favorecidos por una
elección, mientras que a los otros se les abandonaba: se mataba a los hijos no
deseados de los esclavos, o a los niños libres no deseados por las más diversas
razones, no sólo a los hijos de la miseria y del adulterio. Así, Augusto hizo
abandonar recién nacidos a las puertas del palacio imperial. Y Veyne señala que
el abandono de los niños desempeñaba entre los romanos la función que entre
nosotros tiene el aborto.
Por otra
parte, a la vista de cuanto se sabe sobre la historia de la familia del niño y
de la anticoncepción, se puede advertir una correlación entre los tres factores
siguientes: lo elevado del niño en el momento del nacimiento; la práctica, muy
difundida, de la adopción, y la existencia del infanticidio. La sexualidad se
encuentra, pues, separada de la procreación. La elección de un heredero es
voluntaria. Los subproductos del amor, sea conyugal o no lo sea, quedan
suprimidos.
Esa
situación cambió a lo largo de los siglos II y III, pero no por méritos al
cristianismo: los cristianos sólo se apropiaron de la nueva moral. Aparece
entonces un modelo distinto de la familia y el niño. Se le reconoce fácilmente
en las lápidas funerarias italianas y galo-romanas, en las que se representa a
los cónyuges junto con sus hijos: los esposos repiten exactamente el gesto
ritual de las nupcias, la dextrarum junctio, cogiéndose de la mano derecha.
A partir
de ese momento, el matrimonio asume una dimensión psicológica y moral que no
tenía en la Roma más antigua; se extiende más allá de la vida, a la muerte,
como demuestra el hecho de que reproduzca la simbología sobre la tumba. La
unión de los dos cuerpos se hace sagrada, al igual que los hijos que son el
fruto de ella. Los vínculos naturales camales y sanguíneos son más importantes
que las decisiones de la voluntad. El matrimonio es más importante que el
concubinato, el nacimiento que la adopción.
Se
inicia entonces un largo periodo que termina en nuestra época, en la que el
concubinato y la adopción recuperan una función que habían perdido tras la gran
transformación psicológica del siglo III.
Se había
superado una etapa notable. Pero el matrimonio, que prevalecía sobre otras
formas de unión libre, era un matrimonio monogámico.
Monogamia,
este tipo de unión estable y respetada se parece a la situación vigente
actualmente en los países musulmanes.
Para que
se convierta en la familia occidental de hoy (como se presenta actualmente, a
pesar de las contestaciones) es necesario añadirles la indisolubilidad, que sí
se impuso bajo el influjo de la Iglesia, pero también, probablemente, gracias
al consenso de la propia comunidad, sobre la que la Iglesia y el Estado, hasta
el siglo XI aproximadamente, tenían poco poder en lo referente a la vida
privada (y el matrimonio ha sido durante mucho tiempo un hecho de la vida
privada).
La
indisolubilidad consagraba una evolución antigua, precristiana, del matrimonio,
en el sentido del reforzamiento de los elementos biológicos, naturales, en
perjuicio de las intervenciones de la voluntad consciente y de la mente lúcida.
Se sustraía la procreación a la elección y se la dejaba a la naturaleza, a una
naturaleza creada por Dios. No es de sorprender que el matrimonio se convierta
entonces en un sacramento, aunque siga siendo un hecho de la vida privada. En
esas condiciones, la procreación ya no estaba separada como en tiempos de los
antiguos romanos, de la sexualidad: el coito se había convertido en acto de
placer, pero también de fecundación.
Como ha
demostrado Duly, en un castillo del siglo X, o del XI, la cama del señor y de
su dama era el lugar más importante del domus. Sin duda sólo había un solo
lecho, el de los señores, el único no desmontable; las camas de los demás
ocupantes de la casa eran simples camastros. De esto quedan trazas en el hogar
burgués contemporáneo, donde impera "la cama de matrimonio".
El día
de la boda, el séquito acompañaba a los esposos hasta la cama. La bendición del
lecho para que fuese fecundo fue seguramente la primera intervención del
sacerdote en la ceremonia nupcial. En aquellos remotos tiempos, los nacimientos
suponían verdadera riqueza, esa que permitía dominar sobre los demás. Es
necesario que esto se entienda claramente, porque la importancia entonces
reconocida a la fecundidad va a ser determinante para las culturas occidentales
y va a preparar a muy largo plazo la función y que desempeñará el niño.
El
nasciturus ya no era el fruto del amor que se podría evitar con alguna atención
y sustituir con ventaja mediante una elección, con la adopción, como sucedía en
la época de los antiguos romanos. El hijo se convierte en un producto
indispensable, en cuanto que es insustituible. En el siglo VI empiezan, y
durarán mucho, tiempo duros, en los que las ciudades se contraen y se
fortifican, se erigen castillos, y en los que diversos vínculos de dependencia
sustituyen a las relaciones de derecho público existentes en la polis antigua y
en los estados griegos: vínculos de lealtad personal, compromisos de hombre a
hombre. El poder de un individuo ya no depende de su rango, del cargo que
ocupa, sino del número y de la lealtad de su clientela, la cual se confunde con
la familia, y de las alianzas que se puedan establecer con otras redes de
clientelas.
Estos
vínculos personales se sancionan con un simbolismo fastuoso (la ceremonia del
homenaje) que hace presa en los ánimos. A pesar de todo, la fidelidad más
segura es la de la sangre, la del nacimiento. Eso vale para los varones: el
primogénito garantiza la continuidad del apellido; los hijos menores colaboran
con todos sus medios (cuando no salen huyendo). Eso vale también para las
hembras, que en aquella sociedad aparentemente viril, constituyen una
importante moneda de intercambio en las estrategias para extender y reforzar
las alianzas.
De ese
modo, los lazos sanguíneos -tanto legítimos como ilegítimos- adquieren un valor
extraordinario. Hacen falta hijos, muchos hijos, más de lo que parecería
necesario, porque hay que constituir una reserva a la cual recurrir en el caso,
frecuente, de incidentes y de mortalidad.
Esta
actitud tendrá como consecuencia la revalorización de la fecundidad, así como
la indirecta y ambigua revalorización del niño.
La
revalorización de la fecundidad; una familia poderosa, era necesariamente una
familia numerosa, por supuesto en los castillos, pero también sin duda en las cabañas,
para garantizar la seguridad y la mano de obra. Este culto a la fecundidad se
explica fácilmente en un mundo lleno de incertidumbre y aún poco poblado, pero
sorprende que se haya perpetuado en un mundo superpoblado y seguro. Las clases
populares, que tuvieron que sufrir sus consecuencias, fueron las últimas en
abandonarlo.
Y
viceversa, a medida que se revalorizaba la fecundidad -legítima e ilegítima- se
recurría cada vez menos a la adopción. Ese fenómeno es tanto más significativo
cuanto que la sociedad medieval y la moderna se han visto agobiadas por la
obsesión de la impotencia y de la esterilidad. El peor maleficio que le podía
tocar a uno era quedarse impotente. Incluso hoy, que la fe en las virtudes de
la carne y de la sangre están en baja, las parejas que quieren adoptar niños
(por lo menos en Francia) se enfrentan a grandes dificultades; a esas
dificultades se las disfraza de exigencias cautelares, pero son probablemente
la consecuencia de antiguas aversiones profundamente enraizadas.
Revalorización
(ambigua) del niño: El infanticidio se convirtió en delito, está prohibido
abandonar a los recién nacidos, los cuales están rigurosamente tutelados por la
ley (la de la Iglesia y la del Estado). Los infanticidios y los abortos están
severamente condenados y perseguidos judicialmente. Lo que asombra no es tanto
la "criminalización" del infanticidio, asimilado a un homicidio, como
la falsa resistencia que opone la mentalidad popular a esta innovadora
asimilación. En realidad, el infanticidio ha existido mucho tiempo bajo formas
vergonzosas en las que se pueden constatar supervivencias de tiempos en los que
se admitía el abandono. El niño desaparecía víctima de una desgracia que no era
posible evitar: caía dentro de la chimenea encendida o dentro de una tinaja y
nadie había podido sacarlo a tiempo. Moría asfixiado en el lecho donde dormía
con sus padres sin que éstos se hubiesen dado cuenta. Los obispos de la
Contrarreforma sospechaban que ni el padre ni la madre estaban libres de culpa,
e hicieron cuanto estuvo en sus manos para que los hijos durmiesen en un lecho
separado de los padres (el uso de la cuna se instauró tarde y estaba limitado a
las clases superiores: se generalizó gracias a estas presiones, que al
principio tuvieron una finalidad moral y, más tarde, higiénica).
Todavía
en el siglo XVIII fueron acusados de brujería individuos que penetraban en las
habitaciones (pero ¿cómo podía suceder eso sin el consentimiento de los amos de
la casa?), exponían, a. los pequeños, a las llamas del hogar, y volvían a
ponerlos en el lecho, donde a poco morían con los pulmones abrasados. Este era
el destino reservado a los niños deformes o inválidos, pero quizá también a los
no deseados. Si bien la fecundidad es bienvenida y venerada, no todo nacimiento
es un fausto acontecimiento. La Iglesia debe intervenir para obligar a los
padres a hacer bautizar oportunamente a los recién nacidos y, ciertamente, es
mucho después de lo que consideran los estudiosos del folklore cuando el
bautismo se convierte en ocasión de verdadera fiesta. En los comienzos parece
más importante la purificación de la parturienta.
Es de
creer que en los siglos XVII-XVIII, la mentalidad popular hubiese asimilado la
condena del infanticidio, considerado como delito. La revalorización de la
fecundidad (la admirable familia numerosa) se había difundido entre las clases
más bajas precisamente cuando las clases acomodadas tendían a reducir los
nacimientos y estimaban, en cambio, una familia cada vez menos numerosa.
Nótese
el carácter ambiguo del antiguo infanticidio popular: era diferente del aborto
o del acto con el que la joven madre se desembarazaba del niño tras el parto,
hecho igualmente frecuente, y se parecía en cambio al abandono que se
practicaba entre los romanos; en ambos casos, al niño le quedaba una
probabilidad de salvarse.
Desde el
momento en que en la costumbre y entre los grupos privilegiados, la vida del
niño se convierte en valor, el propio niño se convierte en una forma interesante
y agradable, señal de la atención que se le preste. El mundo griego, el romano,
se extasiaba ante el cuerpo de los niños desnudos: tos efebos. Los colocaba por
todas partes, como Luis XIV en Versalles. Los efebos reaparecerán en la
iconografía del Renacimiento. Es interesante, ejemplar, la evolución del
conocimiento del niño y de su carácter particular en la antigüedad romana.
Menos conocida que la que luego tendrá lugar en la era moderna y contemporánea,
merece hoy una mayor atención.
Es
probable que el romano tuviese a su inmediata disposición más términos para
designar al niño que el francés antiguo, empezando por infans, "el que no
habla" (distinción que, recordando lo que ya se ha dicho, no sería
necesariamente a su favor: es el que puede ser abandonado); además, la palabra
se ha utilizado durante mucho tiempo como adjetivo (según Manson, puer infans).
Usada como sustantivo aparece más tarde; se la encuentra en Cicerón, e indica
probablemente el niño que no va a la escuela. El lenguaje popular utilizaba el
término parvus con connotaciones, ora afectivas ora negativas: lenguaje de
nodrizas que demuestra, en conjunto, el hábito de jugar con el niño, actitud
hoy llamada "de mimo", la indiferencia en sus relaciones como si
fuese un objeto y, por último, la tendencia a extender la designación más allá,
de la verdadera infancia.
Las
conclusiones (provisionales) a las que llega Manson demuestran que ha habido
una evolución del sentimiento, un descubrimiento de la infancia. Según Manson,
de hecho, la presencia del lactante es muy importante en Plautó (en el círculo
de las nodrizas), un poco menos en Terencio (quien describe un padre que
sostiene en brazos al hijo pequeño: puerum tantillum) y casi inexistente a
continuación, hasta mediados del siglo I: Catulo cambia por completo la imagen
de la infancia: a la imagen negativa ("estúpido como un niño")
sustituye la ternura que expresa la deliciosa escena del niño (puer bimulus,
"niño de dos años") acunado por su padre. Nace una nueva sensibilidad,
ésa que en la época imperial va a inspirar numerosos epitafios en la que los
padres narran su tristeza por la muerte de un hijo, cuya edad se indica con
precisión: tantos meses y tantos días. Se vuelve así a la leyenda de las tumbas
anteriormente citadas a propósito del matrimonio.
La mayor
sensibilidad hacia la infancia en Roma no puede separarse del modo que se
valora el matrimonio. Lo que se sabe de la Historia moderna puede inducir a un
estudioso, no especialista, de la antigüedad a afirmar que ese fenómeno también
se deriva del desarrollo de la educación, a la manera griega, de la escuela.
Se llega
entonces al concepto de que la sensibilidad hacia la infancia, sus
particularidades, su importancia en el pensamiento y en los afectos de los
adultos, está ligada a una teoría de la educación y al desarrollo de las
estructuras educativas, al énfasis en la formación separada del niño, e incluso
del adolescente (la pandeia).
La
infancia perderá, a lo largo de la alta Edad Media y durante bastantes siglos,
la acentuada peculiaridad que había adquirido en Roma en la época imperial, de
la cual es testigo el puesto que ocupó en el arte y en la decoración. Se
dispensará, mientras que, en cambio, la tendencia a revalorizar y sacralizar el
matrimonio no sólo se mantendrá sino que incluso se verá reforzada. Es como si,
más allá de un cierto límite, los lazos sanguíneos, que habían creado un
espacio aparte para el niño, actuasen en sentido contrario y redujesen ese
espacio. Parece como si el hombre de principios de la Edad Media sólo viese en
el niño un hombre pequeño o, mejor dicho, un hombre aún pequeño que pronto se
haría -o debería hacerse- un hombre. Volvía a ser sin duda lo que había sido en
la Roma republicana, stultissima. Fue necesario el atributo de divino para que
el niño Jesús, se librase de ella, atributo que resplandecía en el resto
soberano de la bendición. El. Dios majestuoso no era un niño, a pesar de sus
dimensiones.
La edad
ya no es la de la infancia: el término enfant, en francés antiguo, ha perdido
el significado de infans y tiene más bien el de muchachos de constitución
atlética, como el "enfant Vivien", el "enfant Garnier" el
"enfant Guillaume", capaces de realizar, desde la más tierna edad,
gestas extraordinarias.
La
infancia —no ya la del puer bimulus sino una edad un poco mayor- se confunde
con la juventud: no la de la adolescencia sino la de los hombres jóvenes y
fuertes. Los más pequeños quedan sometidos a los mayores de acuerdo con el
modelo de la solidaridad homérica, de la solidaridad de grupo. El único lugar
en el que el niño ha conservado en parte su antigua peculiaridad es el
monasterio. Al monasterio se le confían niños de tierna edad y la regla de san
Benedicto prevé para estos minúsculos novicios precauciones que parecen casi
anacrónicas para aquella época. En aquellos años era un chiquillo, el futuro
arzobispo de Chartres, cuando apacentaba en un prado y pasó por allí un
maestro. El niño se hizo escribir las letras del alfabeto en su cinturón.
Como se
ve, no se recorren todas las etapas de la infancia (al menos, según la
representen los adultos) cuando el aprendizaje ha sustituido a la escuela. Y a
la inversa, esas etapas se han conservado -aunque muy próximas unas de otras-
cuando se ha conservado la escuela, en la comunidad de monjes o de religiosos.
Este
diverso modo de tratar a los niños confirma la correlación anteriormente
apuntada a propósito de la antigüedad, entre el concepto de infancia y la
escuela.
La
infancia ha permanecido en la sombra durante bastantes siglos. No es, pues,
sorprendente verla Reaparecer en la época en la que la cultura escrita y por
consiguiente la escuela, reconquista sus derechos y se difunde a partir del
siglo XII, Ciertamente, en la escultura gótica los ángeles, como el de Reims, y
los obispos son casi siempre jóvenes adultos; la vejez parece reservada a los
santos del Antiguo y del Nuevo Testamento, a los personajes del otro mundo. En
cuanto a la infancia, queda reservada para Jesús niño, pero éste ya es un
auténtico niño, a veces envuelto en pañales, y su madre, reciente el parto, se
inclina sobre él y lo acaricia con afecto, el Jesús niño del arte gótico
desempeña el papel del buer bimulus de Catulo. Indica que se ha superado la
etapa, que se redescubre la infancia. La forma pequeña incapaz de crecer se ha
convertido en una especie de monstruo que en breve será objeto de diversión en
las cortes principescas, al igual que los animales exóticos y raros: el enano.
En el
inmenso esfuerzo para evangelizar las zonas rurales emprendido por las. abadías
benedictinas y por sus prioratos, con la fundación de parroquias capitulares,
continuado luego por la predicación de las órdenes mendicantes, el bautismo de los
recién nacidos se convierte en una de las funciones importantes del sacerdote,
una razón para situarlo en la vecindad para que pueda llegar a tiempo en caso
de urgencia, ya que los seglares eran reacios a suministrar ellos mismos el
sacramenta El bautismo deja de ser colectivo por inmersión y pasa a ser
individual y por aspersión; además debía tener lugar lo antes posible tras el
nacimiento.
La
insistencia de la iglesia en este punto -al igual que su lucha contra el
infanticidio demostraba la importancia que daba al niño. También se advierte
ésta en las severas reglas de los manuales del confesor respecto a la
protección a prestar al hijo, a su derecho a mamar la leche materna que un
nuevo embarazo podría poner en peligro de agotamiento... Con el tiempo, el
hombre común descubría el alma, es decir, la personalidad del niño aun antes
que su cuerpo.
Los
eclesiásticos ya no eran los únicos que se indignaban por el asesinato de los
niños, ya que el pueblo había seguido sus huellas. Es de notar que la llamada
víctimas de los homicidios rituales de los hebreos eran niños, niños pequeños,
pero también -señal de cuán difícil era distinguir las diversas etapas de la
infancia y de la adolescencia- niños mayores, jóvenes aprendices. En los
Miracles de Notre-Dame del siglo XVI, los protagonistas, los héroes, son los
niños, pero algunos de ellos tienen quince años. Aparecen ahí términos que, no
obstante una continua ambigüedad, evocan la naturaleza propia de la infancia y
el afecto de los adultos hacia ella. Un "pequeñín" quiere compartir
su pan con el Jesús niño de una imagen y llora porque no lo consigue. "No
llores, chiquitín -le dice Jesús-, porque tú comerás conmigo dentro de tres
días". En aquel mismo siglo XIV, entre las clases nobiliarias, los niños
fallecidos tienen a veces derechos a un sepulcro sobre el cual se les
representa envueltos en pañales. El hecho es aún muy raro, pero se generalizará
en el siglo XVI.
Ahora ya
se ha superado el límite, ha sido descubierta la infancia: y mucho antes que el
Emile de Rousseau o del Versalles de Luis XIV. Hubo un tiempo en que los
historiadores tendían a creer que la sensibilidad hacia la infancia no había
cambiado nunca que era un elemento permanente de la naturaleza humana, o que se
remontaba al siglo XVIII, al siglo de las luces. Hoy se sabe que ha tenido una
gestación larga y gradual, que ha surgido lentamente en la segunda parte de la
Edad Media, a partir del siglo XII-XIII, y que se ha impuesto desde el siglo
XTV con un movimiento en constante progresión.
Esa
dinámica está evidentemente ligada al proceder de la familia hacia una mayor
intimidad (prívacy), a la mejora de la escuela y al hecho de que esta ha
sustituido al aprendizaje tradicional.
Interesa
bastante notar cómo desde el siglo V al XVIII se ha reproducido, mutatis
mutandis y con enormes diferencias de orden cultural, y aún más de orden social
(por ejemplo, la esclavitud, la situación psicológica de la Roma de los
primeros siglos de la era cristiana. En ambos casos, el impulso parece ser el
mismo, la escolarización de la educación, cualesquiera que hayan sido las
formas, muy variables, que haya adoptado. Los signos distintivos de la infancia
aparecen, por tanto, en la vestimenta de las clases que están en condiciones de
frecuentar la escuela, o que están parcialmente instruidas (nobleza de toga y
burguesía profesional y mercantil). Se trata de indicios que vale la pena
observar porque es sabido lo que eso significa y los cambios que supone.
Durante
mucho tiempo no existió en ningún sector de la sociedad, alto o baja, una
vestimenta infantil, excepto las fajas, una banda de tela que se enrollaba
alrededor del cuerpo, incluidos los brazos, y que inmovilizaba completamente al
lactante de modo que hacía de él una especie de envoltorio que se podía colgar
de la pared o llevar a la espalda.
Liberado
de las fajas, pero aún no destetado (el destete tenía lugar muy tarde), al
pequeño se le vestía como a un adulto, en las clases pobres vestía los mismos
andrajos; en las clases acomodadas llevaba trajes de adulto hechos a medida.
A partir
del siglo XVI -y éste es un hecho muy importante- precisamente en las clases
acomodadas, el niño va a tener un modo propio de vestir; esto se refiere sobre
todo a los varones, ya que a las hembras, excepto en determinados detalles, se
las seguía engalanando como a las señoras. Hay que recordar que a finales de la
Edad Media los hombres ya han abandonado la vestidura por los trajes cortos, y
a veces bastante indecentes, dejando aquella para los magistrados (llamados
precisamente hombres de toga) y para los sacerdotes (al menos en la Iglesia y
en el coro).
A partir
del siglo XVI, los jovencitos (así como los ancianos) llevarán un vestido:
primero, la vestidura de hombre de otros tiempos, es decir, una especie de
túnica abotonada por delante, y después, a finales del siglo XVII, un vestido
que cada vez se parece más al de las mujeres, a tal punto que llega a ser
idéntico. Este uso se conservará en la burguesía francesa hasta la guerra de
1914-1918, Todo esto, evidentemente, es un hecho bastante curioso. Al hacerse
más intensa y más íntima la sensibilidad hacia la infancia ha acabado (como en
el mundo griego de la antigüedad) por poner de relieve los elementos -ya
positivos- de ternura y de debilidad; ¿Cómo mostrar entonces, en nuestra
cultura, esta "ternura" si no es con una asimilación a lo femenino?
Se ven, pues, en retratos del siglo XVII, muchachos con rasgos marcados, sin
asomo de afeminamiento, vestidos del mismo modo que las niñas.
Hay que
preguntarse qué piensan los psicoanalistas con sentido de la historia.
Posiblemente esta "moda de la vestidura" responde a una más fuerte
oposición a la homosexualidad masculina de la época. En compensación, esa
transformación de la vestimenta infantil no ha afectado a las clases populares.
Estas no han cambiado el modo de vestir a los niños y han conservado
seguramente casi todas las antiguas actitudes mentales respecto a ellos, sobre
todo lo que se ha definido como "mimar". Se jugaba con el niño,
incluso con su sexo, como se juguetea con un animal que vive con la familia, un
cachorro o un gato. Este sentimiento podía llegar a hasta ese afecto profundo
que desgarra la muerte de modo cruel. O podía detenerse en la superficie e ir
acompañado de la mayor indiferencia por la muerte infantil, suceso muy probable
en los primeros años (como, quizá, entre las nodrizas de Plauto).
También
en las clases superiores se mimaba a los pequeños, sobre todo las madres, las
abuelas, e incluso los padres, pero cada vez menos a partir de mediadas del
siglo XVII (en Francia). Y ello se debe al nacimiento de otro tipo de
sensibilidad hacia la infancia, destinado a perturbar la actitud de los adultos
frente al niño hasta el siglo XX. Un sentimiento bifronte: de un lado,
solicitud y ternura, una especie de forma moderna de mimar, y del otro, también
solicitud, pero con severidad: la educación. Ya había "niños malcriados"
en el siglo XVII, mientras que dos siglos antes no se encontraba ni uno solo.
Para "malcriar" a un niño hay que tener hacia él un sentimiento de
ternura extremadamente fuerte, y también es necesario que la sociedad haya
tomado conciencia de los límites que, en bien del muchacho, debe observar la
ternura. Toda la historia de la infancia, desde el siglo XVIII hasta nuestros
días, está constituida por una diversa dosificación de ternura y de severidad.
En el
siglo XVIII, bajo la influencia de Rousseau y del "optimismo" del
siglo de las luces, parece haber prevalecido la ternura (al menos en Francia).
En realidad, tras esta apariencia exterior había una gran rigidez: los alumnos
de Madame de Genlis no disponían de un minuto para ellos y sus juegos no eran
sino un pretexto para impartir lecciones de gramática o de moral. Los muchachos
tenían que sufrir este condicionamiento, afable pero implacable. En el siglo
XIX prevaleció la severidad (sobre todo en Inglaterra): tiene lugar entonces el
complicado juego de la pedagogía, de la moral y del amor. Partiendo de estas
variables, un matemático podría construir modelos. El recién nacido, aun antes
de hacerse niño queda liberado de las vendas que lo tenían prisionero y
embadurnado de orina y heces. En las clases superiores se le representa
completamente desnudo, como el Jesús niño de otros tiempos o el chiquitín de os
álbumes de fotografía de finales del siglo XIX.
¿Liberado?
Asís se creía entonces, aunque hoy ya no se está tan seguro; Louise Tilly,
estudiosa de la historia americana nos informa que se vuelve a las fajas (con
una forma de compromiso que deja fuera los brazos). En todo caso liberado,
admitámoslo, pero no por mucho tiempo, ya que los hombres y las mujeres
progresistas habían empezado a prohibirle orinarse en la cama en nombre de la
limpieza y de la higiene. Una vez que había superado esta etapa -los más
testarudos recibían azotes y castigos de "educadores" exasperados.
Gestaban ingeniosos mecanismos ortopédicos para hacer impracticable la
masturbación. Por último, tenía que sufrir en la Inglaterra de las public
schools, en los convites y en los colegios, una disciplina aún más rigurosa que
la impuesta por las "pedagogías" del siglo XVII. Esto evidentemente,
se aplicaba a los hijos más privilegiados de las clases superiores, y muy
"ilustradas", en las grandes ciudades.
En
cambio, a la burguesía de provincias, y más aún a las clases populares y a los
medios rurales, esos refinamientos sólo llegan en parte, o no llegan en
absoluto. Los padres oscilaban entre el tradicional exceso de carantoñas y las
palizas. Existe una vastísima colección de dibujos y caricaturas del siglo XIX
donde se ve a un muchacho que pone el grito en el cielo, a un padre o a un
maestro fuera de sí que lo azota severamente ante una madre en lágrimas y un
grupo de compañeros horrorizados. Las revistas literarias actuales (sobre todo
las americanas) han puesto de moda los artículos... sobre la familia feliz.
Pero esta explotación de la iconografía del garrote explica más la actitud de
hoy que la de ayer.
Se
podría dibujar una geografía de los países del látigo y del garrote
(especialmente ingleses) y de los países en los que dominó el
"solideo". No es término fácilmente traducible a otros idiomas, pero
todos los niños franceses lo conocen bien, incluso hoy día. Es interesante la
historia de este término. El "solideo" era originariamente el gorro
de los sacerdotes cuya tonsura cubría y que protegía del frío la cabeza rapada
al cero. En francés antiguo "llevar el solideo" significa recibir las
órdenes. Es probable que los golpes en la cabeza fuesen privilegio de los
novicios, de los escolares confiados a maestros tonsurados, que sustituían los
golpes de férulas (el trozo de madera o de cuero con el que azotaba la mano del
alumno rebelde o distraído) o de fusta (la "disciplina" monástica). El
término "solideo" es un juego de palabras habitual entre los
clérigos. Eso mismo se difundió pronto en las familias, sobre todo entre las
mujeres. El "solideo", convertido en pescozón es un golpe
suministrado a los niños; tuvo una gran aplicación y se introdujo. Incluso en
las aldeas francesas más retrógradas de finales del siglo XIX; de él se tienen
muchos testimonios, tanto de parte de aquellos que lo han recibido como de
parte de los psicólogos, psiquiatras, pedagogos y demás especialistas actuales de
la infancia, salidos de las facultades "ciencias humanas", que se
sienten ante él conmovidos e indignados.
¿Es que
no ha sido el conocimiento del niño, junto al contemporáneo del
"salvaje", la primera de las ciencias del hombre? Es así como se
estudió a principios del siglo XIX el muchacho salvaje descubierto e» la zona
desértica de Aveyon y recogido por uno de los primeros "psicólogos".
Ese mismo sistema de amaestramiento dio luego lugar a la reeducación
sistemática de los ciegos y de los sordomudos. Los estudiosos de la infancia
(no los médicos, que eran más bien valederos del trato severo y del castigo)
descubrieron en el siglo XIX que las amenazas, los castigos corporales, eran
inútiles y enseñaron de acuerdo con el Emiir de Jean Jacques Rousseau, a seguir
las indicaciones la naturaleza infantil, a no oponerse a ella, sino más bien a utilizarla. Durante mucho
tiempo no ejercieron ninguna influencia sobre los educadores ni sobre los
padres, quienes estaban, convencidos de las virtudes del ejercicio y del
esfuerzo. Pero triunfaron más tarde, gracias al psicoanálisis y a su rápida
divulgación en los treinta primeros años del siglo XX.
Niños
malcriados, niños golpeados, tanto unos como otros dominaron el siglo XIX y los
comienzos del siglo XX. Hemos visto, pues, cómo el niño salía del anonimato y
de la indiferencia de las épocas remotas y se convertía en la criatura más
preciosa, la más rica en promesas y en futuro.
Durante
siglos, el fallecimiento de un muchacho fue una cosa sin importancia, algo que
enseguida se olvidaba; aunque la madre se desgarraba de dolor, la sociedad no
se hacía eco de su lamento y esperaba a que se calmase. Existen tumbas de niños
en los siglos XVI y XVII, pero son pocas y, salvo unas excepciones (en
Westminster), no son fastuosas. En cambio, en el siglo XIX, y en especial a
finales de ese siglo, sobre todo en los cementerios de la Europa meridional,
las tumbas más lujosas, las más patéticas, las más adornadas con figuras, son
las de niños.
La
muerte infantil, que durante mucho tiempo fue provocada, y más tarde aceptada,
ha llegado a ser absolutamente intolerable. Quizá no nos damos cuenta hasta qué
punto es reciente esta actitud. Señala una fase definida de la sensibilidad, o
al menos para mucho tiempo, y no se puede concebir cómo podría retrocederse:
las más horribles imágenes de los exterminios nazis son aquellas de los
cadáveres de niños, de aquellos cuerpecillos esqueléticos y, al mismo tiempo,
hinchados. El hombre occidental ha experimentado el siglo XVIII y en el XIX una
revolución en la afectividad que, ciertamente, no lo hace mejor, sino
diferente. Sus sentimientos se subdividen de otro modo, y, en particular, se
concentran más en el hijo. En la película Aga Au nom du Führer, entre las
imágenes de matanzas de niños hebreos, rusos, polacos, etc., se intercalan
otras conmovedoras de muchachos alemanes: un pueblo que ama a los niños.
Sin
embargo, dentro de esta nueva sensibilidad, se comprueba entre 1960-1970 un
cambio en la actitud de los occidentales hacia la infancia, cambio que podría
ser profundo. El pequeño rey del siglo XIX, al que las familias erigían
fastuosos sepulcros, era un raro muchacho, de una rareza fruto de la
contracepción eficaz, aunque táctica. Pero la natalidad, incrementada en los
años del baby-boom (1940-1950), disminuye desde 1960-70, y el fenómeno es
general en Occidente. Entre el baby-boom y la disminución de la natalidad de
1930 a 1940 había una diferencia de medios, pero no de motivaciones. A veces
disminuía la natalidad, a veces aumentaba, pero en ambos casos la finalidad
consistía en conseguir una "familia feliz" y el futuro bienestar de
10s hijos.
A partir
de 1960, la disminución demográfica ya no responde a las mismas motivaciones.
Ya no es child-oriented, como después de 1930 o como el incremento de los años
de 1940 a 1950, la imagen del niño ya no es positiva, como en el siglo XIX. En
Estados Unidos, donde principalmente se le ha rendido culto, es donde más
evidente es el reflujo.
